El petróleo saudí sin su doble salida
El cable de tierra que sostenía a medio continente resultó estar conectado al mismo enchufe. En abril pasado, el Observer Research Foundation Middle East en Dubai, EAU, analizó una hipótesis de estrés donde combinaban un cierre hipotético de los estrechos de Ormuz y Bab al-Mandab. El ejercicio prospectivo supuso que pondría en riesgo alrededor de USD 10.000 millones diarios de comercio global y un 22% del suministro mundial de petróleo. Aquel frágil escenario fue poco tranquilizador para las naciones más industrializadas y evidenció que la doble salida geográfica de Arabia Saudita, eso que parecía blindar a la península, se convertiría en una interdicción de ambos flancos si se lo proponía Irán y los hutíes.
Pues bueno, ese escenario se materializó el 20 de julio de este año cuando el grupo armado y político Ansar Allah declaró un bloqueo naval total contra Arabia Saudita.

Petróleo saudí y el impacto del bloqueo en sus corredores energéticos.
Al igual que el famoso tropo de la teoría del caos sobre las alas de una mariposa que influyen en los patrones climáticos al otro lado del planeta, el shock energético de los combustibles fósiles debido al cierre de Ormuz ocurrió en el mismo momento en que China emergía como el proveedor global dominante de tecnología de energías renovables. Quemado por otro shock energético más, el mundo se está alejando sensatamente de los combustibles fósiles, asociados sin cesar a las interrupciones de la guerra, y recurriendo a China para obtener precisamente las turbinas eólicas, paneles solares, baterías de almacenamiento y vehículos eléctricos que la administración Trump se esfuerza tan fervientemente por aniquilar.
Desde que Irán llevó a cabo el control del Estrecho de Ormuz tras el ataque conjunto de Estados Unidos e Israel del 28 de febrero, los saudíes activaron el oleoducto Este-Oeste, Petroline, para desviar crudo desde los yacimientos de Abqaiq hasta el puerto de Yanbu, en el Mar Rojo. Hasta ahí, su estrategia: un corredor de respaldo, por si acaso.
El Petroline tiene la capacidad para 7 millones de barriles por día (bpd), y los envíos desde Yanbu pasaron en un año de 973.000 a 4 millones de bpd en junio. Un salto enorme. Fue así que Arabia Saudita no ganó eficiencia logística aunque supo concentrar su capacidad de exportación en un único nodo, confiando en que el otro extremo seguiría abierto. Mover todo el tráfico por la puerta de atrás y rezar no es diversificar.
Tras el bloqueo de julio, el flujo hacia el Mar Rojo cayó de inmediato. El jefe de análisis de crudo de la firma Kpler, Homayoun Falakshahi, reportó una caída del 36% en las cargas saudíes en cuestión de horas, y dejó apenas 1,2 millones de bpd transitando desde el golfo hacia el Mar Rojo en una cuestión de horas.
Si la civilización avanza mediante el desafío y la respuesta, entonces vale la pena considerar que tarde o temprano aprenderemos de esta lección. El estrecho de Bab al-Mandab tiene una dependencia con lo que ocurre en Ormuz porque así funciona la geoeconomía. Geo-economía. Antes era una asignatura universitaria, un pomposo recuerdo de Mackinder. La estrategia para diversificar corredores solo funciona si el adversario carece de capacidad para coordinar presión sobre ambos extremos a la vez.
La consecuencia excede el mercado petrolero.
Existe una ruta alternativa bordeando el Cabo de Buena Esperanza. Si embargo, esa opción no restaura el poder perdido de Arabia Saudí, ser la llave del petróleo erosiona la confianza. El desvío añade entre 10 y 14 días de tránsito, y entre 1,2 y 1,8 millones de dólares en combustible por viaje redondo. Las primas de seguro por riesgo bélico, mientras tanto, ya subieron más de 1000% desde el inicio del conflicto.
Durante 2025, Asia importó 14,74 millones de bpd de crudo de Medio Oriente. Casi un 60% de sus compras totales. El cierre dual elimina el bypass que sostuvo parcialmente esas economías durante la crisis de Ormuz. En sistemas complejos lejos del equilibrio, incluso inputs pequeños pueden tener efectos desproporcionadamente grandes. Los cisnes negros del desorden siempre están esperando entre bastidores. La estabilidad nunca está garantizada. El caso explica lo que pasó en Bangladés cuando entró en una crisis de sus reservas de combustible para apenas 9 a 14 días, 4 días laborales. La vulnerabilidad energética saudí se contagia al Sur Global.
Días después del bloqueo, Riad pidió ayuda. El 30 de julio catorce países bajo el liderazgo saudí firmaron la Multinational Maritime Defense Alliance para escoltar el tráfico que Petroline garantizaba. Bangladés, la misma nación a nueve días de quedarse sin combustible, firmó el estatuto, igual que Turquía y Pakistán. La primera reunión de planificadores se realizó tres semanas después del anuncio. Para entonces aún se definía el marco institucional y los buques seguían desviándose. Ese cambio en el cálculo de seguridad regional habría sido impensable para Riad meses atrás. ¿Qué doctrina de resiliencia energética sobrevive cuando el propio diseño de respaldo se convierte en el mapa que el adversario usa para secuenciar su cierre? Ninguna de las que conocemos. Arabia Saudita terminó subcontratando —con nombre de coalición y sede permanente en Riad— la garantía de tránsito que su propia infraestructura no pudo sostener.
Ya sea el petróleo de Oriente Medio, los minerales de tierras raras de China o la supremacía de los semiconductores de Taiwán, la especialización de las cadenas de suministro, combinada con la logística just-in-time, ha creado un desequilibrio en la economía mundial. La doble salida saudí falló porque era una trampa. Cuando ocurre una interrupción, la producción y la distribución a través de un sistema vasto pero superficial se estancan. Los nodos críticos de conectividad en redes por lo demás eficientes se convierten en puntos de estrangulamiento. Este es el siglo XXI, y si tu plan de contingencia cabe en una sola línea de suministro, no es contingencia. Es una sentencia a todo un modelo económico.
Sabrina Langer es Lead Futurist en 2050 Futures Lab y Senior Policy Analyst en la OCDE. Socióloga graduada de la Universidad de Buenos Aires (UBA) con una maestría en Ciencias Políticas y de Gobierno de Sciences Po, cuenta con una sólida trayectoria internacional en investigación estratégica y políticas sociales, habiendo trabajado en instituciones como la FAO y la OCDE. Actualmente es colaboradora de Open Andes.