La transición energética es diferente a lo planeado
Protocolos, conferencias de partes, contribuciones nacionalmente determinadas, presupuestos de carbono es la liturgia que la comunidad científica ha levantado desde hace décadas con tal de advertirles a políticos, empresarios y comunidades mientras negociaban las grandes intervenciones humanas en el planeta. Mientras las ONG, influencers o líderes locales buscan alternativas, el sistema energético global forjado por grandes inversiones y proyección de poder continúa su curso con la parsimonia de grandes leviatanes. En el último lustro algo ha venido cambiando; la inversión global en energías limpias duplicó en 2024 la destinada a combustibles fósiles.
Por ejemplo, China registró el pico de demanda petrolera en 2021, ha ido dejando de lado las centrales térmicas de carbón —construyó una por semana durante dos décadas— e inició una trayectoria descendente. Pakistán, un estado con problemas de gobernanza, desplegó la capacidad solar suficiente para generar excedentes de gas natural licuado en menos de tres años. En África, Etiopía prohibió la importación de vehículos de combustión interna mientras su economía crecía 70% y muchos otros datos admiten varias lecturas. La que más me interesa propone que la transformación energética global responde a una lógica que los marcos normativos multilaterales sólo capturan parcialmente.
Qué pasó es lo primero que cabría preguntarse. No fue la moral por el planeta, ni las declaraciones de buena voluntad en las sucesivas conferencias verdes ni la crisis climática sino que fueron las fuerzas estructurales que empujaron un cambio. Las ventajas termodinámicas objetivas de ciertas tecnologías, combinadas con la competencia por posicionamiento estratégico en un sistema internacional cada vez más fragmentado, generan dinámicas que operan con relativa independencia de compromisos climáticos formales.
Una oportunidad verde que se abre
Conviene recordar que la relación entre energía y poder estatal genera su propia geografía del poder y sus propias fragilidades. La transición al petróleo liderada por Estados Unidos durante y después de la Segunda Guerra Mundial fue una reingeniería completa del orden internacional y alcanzó su punto álgido en la crisis de 1973. En las últimas décadas, cambió la estructura de costos y las ventajas estratégicas asociadas a diferentes vectores energéticos. Las tecnologías basadas en combustibles fósiles enfrentan pérdidas acumulativas mientras que las fotovoltaicas y eólicas operan bajo la lógica de costos marginales cercanos a cero post-instalación, ausencia de cadenas de suministro de combustible y curvas de aprendizaje pronunciadas. Su manufactura, además, es escalable y relocalizable, sin dependencia de dotaciones geográficas específicas.
China identificó ya en el Noveno Plan Quinquenal (1996-2000) que las tecnologías energéticas limpias representaban una oportunidad histórica para superar las desventajas heredadas. Las fuertes políticas verdes, teñidas de incredulidad occidental durante mucho tiempo, convirtieron al país en una potencia que controla el 60% de la manufactura global de polisilicio, 85% del procesamiento de tierras raras y 77% de la capacidad global de baterías de ión-litio. Esa carrera por la autosuficiencia determinó qué economías debían capturar rentas tecnológicas, empleo calificado y capacidad de influir en estándares técnicos durante décadas.
La búsqueda de la autonomía estratégica vino de la fragmentación geopolítica y de la urgencia política de cada país. Pakistán ofrece un caso revelador muy lejos de la idealización de la Madre Naturaleza. Cada megavatio solar instalado evita importaciones valoradas en 2-3 millones de dólares anuales y conserva divisas escasas. Lo climático, digámoslo sin ambages, es un beneficio colateral afortunado. India enfrenta su propia pesadilla estratégica cuando está obligada a importar más del 85% de su petróleo crudo, y buena parte transita rutas marítimas como el Estrecho de Ormuz y el Mar Arábigo. Llamarlo ‘política climática’ sería pintoresco. Es reducción de vulnerabilidad estratégica elemental ante un escenario de conflicto como el que tiene Irán con Estados Unidos, sin ir más lejos.
Los Estados del Golfo Pérsico (Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Catar, etc.) tienen economías que dependen de la renta que obtienen de vender petróleo y gas, no de producir bienes o servicios con trabajo y tecnología propios. Esto es clave ya que hacen un cálculo frío porque saben que el petróleo se va a acabar como fuente dominante, y quieren reposicionarse para no perder poder cuando eso ocurra. Sólo así podrán seguir siendo influyentes en el nuevo mundo de energías limpias, tal como lo fueron en el mundo del petróleo. Por eso invierten en renovables, litio, cobalto, grafito, etc. No lo hacen por salvar el planeta, sino por conservar poder e influencia. Que coincida con los objetivos climáticos es casualidad, y de las buenas.
Resolver un problema abre otros.
Durante tres siglos de industrialización los costos ambientales no entraron en el balance del progreso, y ahora la reparación ecológica genera sus propias externalidades, y la más visible es el desplazamiento de medios de vida locales. Incluso la palabra “sostenibilidad” ha sido absorbida por el léxico del crecimiento. En las zonas andinas de Perú existe un rico acervo de prácticas de restauración en curso, cuyo núcleo es rehabilitar las infraestructuras hídricas y agrícolas de la era preincaica, incluyendo principalmente andenes (terrazas agrícolas), qochas (estanques de infiltración) y canales de infiltración. Estos proyectos están siendo impulsados a nivel nacional por el Ministerio de Desarrollo Agrario y Riego de Perú y Agro Rural, con una lógica que coincide altamente con obras que funcionaban antes y vuelven a funcionar ahora.
Pintura del Subak, un método indonesio del s.XI para la gestión y riego de las terrazas de arroz
El sistema Subak de Bali, reconocido como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 2012, lleva más de mil años operativo. Un estudio publicado en Environmental Earth Sciences encontró que optimizar su mecanismo tradicional de reutilización de agua —el “natak tiyis”— sin modificar la estructura física, aumenta la disponibilidad de agua y expande el área de riego aguas abajo. No conozco mejor ejemplo de la lógica de “no rehacer lo antiguo, sino usarlo de nuevo”.
Algunos sitios inspiran una reverencia que frena el impulso extractivo; otros ecológicamente comparables, no. La diferencia está en la práctica acumulada: normas de contención, rituales de peregrinación y ofrendas que atan a la comunidad a un calendario común, relatos de origen que convierten el lugar en deuda ancestral. Lo sagrado, en ese registro, funciona como tecnología de gestión de bienes comunes, y está subutilizada si no se traslada a las políticas públicas. Es una herramienta más allá de la norma y el incentivo.
Devolver especies y procesos a territorios de donde la actividad humana los sacó implica reconocer que esos lugares tienen título propio, más allá de su utilidad. No cambia la lógica donde los costos marginales, las cadenas de suministro y el posicionamiento estratégico van a seguir operando con o sin consenso normativo, pero sólo así, mediante tecnologías, geopolítica, tradición local y revalorización de territorios, la transición energética va ganando terreno.
Tyge Helms es un analista y consultor especializado en la economía de infraestructuras, la regulación de redes de servicios públicos y distribución eléctrica, y los incentivos estructurales de la transición energética.